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Las formas de las nubes.

   Es de destacar que en el cuaderno de Nerea los renglones garabateados de palabras mal escritas contaban con precisión el avance que, aunque imprudente, se producía lento en el transcurrir del cielo durante esa tarde.
Según ella, volaba primero un cocodrilo desdentado con la cola tan doblada que le rozaba el hocico, y luego en otra nube, sobre el cocodrilo, se producía el acto fallido de un bebé sobre una silla queriendo alcanzar a duras penas un zapato algo gigante.
   Las horas se le pasaban casi sin sentirlas cuando las nubes estaban blancas y pomposas como ese día, porque se armaba fácilmente un film secuencial con diferentes situaciones inusuales, algunas tanto así, que hasta resultaban cómicas. Lo que Nerea no anotaba en su cuaderno (ni esa tarde, ni nunca) era cómo las imágenes se iban deformando de modo algo aterrador, frente a sus ojos, y cómo todos los personajes proyectados eran asesinados cuando el viento los corría y los soplaba tan livianitos como si fueran plumas. No quería recordar cómo le parecía que el bebé moría lentamente y que el zapato se le fusionaba con la cabeza, y cómo ambos también caían sobre la cola del cocodrilo, quien iba perdiendo poco a poco la parte inferior de la mandíbula.
Sin embargo, paralelamente, Geremías dibujaba en otro cuaderno precisamente esas emocionantes deformaciones monstruosas que tanto le intrigaban y apasionaban. Los renglones de Geremías estaban repletos de hombres decapitados, de perros que perdían las orejas y las patas, de pájaros sin alas, y hasta de mujeres que se iban ensanchando tanto, hasta que la piel no resistía y quedaban pedacitos blancos de cuerpo esparcidos sobre todo el contraste celeste del cielo. Geremías se armaba las tragedias más emocionantes, las situaciones más tristes y los personajes más desdichados.
A la hora de regresar, Nerea se llevaba las historias escritas por Geremías. Y él, las de Nerea.
Ambos las leían antes de dormir y al otro día, si la mañana no amanecía nublada, ni demasiado despejada, volvían a encontrarse a la hora de la siesta para devolverse los cuadernos y comenzar historias nuevas.

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