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Bullicio de la duodécima muerte

-Cayendo...-
(Hay escenas
dentro de mi cabeza
recurrentes escenas) una mano
asesina me quita el pecho,
la mía cubre el doloroso agujero
y el cuerpo se arrastra debajo de la cama
a llorar como una nenita
asustadiza.
Para terminar de morir.
-Cayendo...- las escenas
recurrentes no sé si son reales
a veces es mi mano
quien me quita el aire
y después, sólo
estoy ya en el ataúd
y lágrimas innumerables
en las ropas del cadaver
me hacen cosquillitas por doquier.
(Como mandan los nervios,
me río).
Escucho
-cayendo...-
hay otra voz que habla
todo el tiempo
todo el tiempo
no dice nada
absolutamente nada,
la boca es hermosa los labios
se mueven como bailando
la fonética
de cada palabra pronunciada
y no significan sólo
dicen
que otra vez voy a ser
el cadaver del ataúd
mojado por el llanto,
cayendo
otra vez, preguntando
desde el suelo
"¿Me extrañan?
¿Hago falta
en todas esas casas espaciosas y
llenas de calor hogareño y
enormes, faltas de alegría?"
"Sí, mucho, muchísimo"
Responderán
cada vez, después
se prepararán un mate e irán
al lugar habitual de reunión vespertina,
a recordar,
qué bonita era cuando cerraba la boca,
que qué pena que me morí
por duodécima vez.

Comentarios

  1. Me encantó, Gimena. Toda esa cosa lúgubre de la muerte, es la clase de poema que más me gusta.

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  2. Aprecio tu lectura. Gracias, Luciano

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Sola

  Me gusta una solera de los '90 que era de mamá o porque era de mamá Usarla en enero en enero cuando a la noche se pone fresquito y la tela no se me pega a la piel y se sienten como frescas las flores medio desprendidas del vestido medio idas al trago Hay un segundo aire en el roce del ruedo sobre los tobillos el estampado no se renueva y toda la vida es el mismo enero aplastado en la espalda sola que a veces parece diferente
Veíamos a Cobain destrozado y me daba los besos más sinceros en el suelo sin sombras que nos arrastraran los pensamientos. Llamábamos los sonidos y el olor a los sueños de triunfar con las tripas en una ciudad tal vez inventada, apretando los párpados, fuerte, aferrados al instinto. Desde el piso frío igual que a los 13 me elevaba la imaginación y la vida, sin importarme llegar al final deformada y con los párpados grisáceos y sola como empecé. Como si fuera parte del sueño también el meter la llave en la cerradura mojándome con la lengua el labio superior para no despertar a nadie o volver con los pelos revueltos sin un poquito de vergüenza porque nunca a nadie una boca le puso tan cerca de la nariz la incertidumbre, hasta el punto de poder oler el futuro en el propio aliento excitado.

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y no es que no tenga palabras,  n o quiero elegir la insatisfacción  de lo dicho.  El libertinaje  de lo dicho.  Porque toda la quietud  en la lengua  es el reparo.  En la boca o la garganta tibia labilidad tierno regocijo siempre silencio.