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Perversión en la sonrisa.

En el transcurso de mis dedos ácidos encebollados y mis ojos ardientes del llanto químico lo feliz me envuelve el cuerpo entero. Con sus manos alza los músculos siempre celosos de mis mejillas y asoman apenas tímidos, los dientes. Afuera es la sonrisa radiante. En el curso de mi danza feliz solloza la soledad en el pecho duro. Los ojos brillan sonríen pero los dientes no aparecen. Quién no ansiaría apenas un suavecito abrazo en la cintura desolada. Un beso dentado sobre la yugular ya encarneviva. Un erotismo perverso y asesino.

Tanteos.

Querido, querido: quería olvidarme de mí en mi cuerpo (ya evaporado por la danza sexuada) durando los no pensamientos durando las piernas tambaleantes durando el suelo rígido durando los pájaros sin cabeza durando la humedad en el espacio durando los grillos en la humedad durando mis órganos aplastados dentro de algún libro. Esa noche.

Acabarser.

Hay una mano que es árbol y roza mi infinitud con amor. En las horas oscuras los dedos que cuidan de mi curso -y sus uñas- se hunden en la vastedad. Y no creo yo pertenecer a ese océano cuyas aguas abismales me arrastran los pensamientos que allí dentro empobrecen; pero entre las ramas hay una lengua, que es lluvia y romance, que me humedece el oído con su inconfundible vapor... Y jamás quisiera yo llegar conocerla, pues en el desconocimiento su humedad se hace música, y en su música interminable mi infinitud se termina.

La merienda en el sol.

La hora de la merienda arrastra olores inocentes. Vuelvo a tener  cintas amarillas  con moños en el pelo y miguitas de pan  en los labios. La hora de la merienda parece ser eterna al olvidar la mochila durmiente arriba de la cama. Al fijar la visual sobre el sol poniente con gusto a mermelada. La merienda es la hora del respiro liberado... Puedo llorar  y seguir siendo feliz en el llanto. Si la leche me nutre, si la mermelada deja dulce la lengua, si incansablemente el sol, en la hora de la merienda, esparce su color naranja sobre las baldosas en las que desparramo mi peso; no necesito nada más, lo juro, para ser feliz. A pesar de que en el poniente a menudo vislumbre la sonrisa pacífica  de la muerte  siempre  infinita.

El rescate.

Lo oscuro la cara mi pecho, que se cierra, se cierra. El brazo primero que se estira y abraza la cintura presiona el aire que no llega a abrir el esternón. Lo oscuro, en el otro brazo, acuna su cabeza; los rulos en lo negro ya no brillan. El tercer brazo se yergue abriéndose paso entre lo negro quiere rescatar al aire, meterse por su boca, abrirlo por dentro. El tercer brazo, poderoso, alcanza la cara de esa ajena de rulos negros reposantes traidores del brazo segundo. Sus dedos rozan al fin la frente sudada los ojos abiertos ya con lágrimas la nariz obstruida los labios siempre juntos la cara ajena. La entera mano tercera se apoya parcialmente en la cara. Se mueve a los lados para ver a la niña que no logra llorar del todo. La mano ve qué linda es la nena oscura, le presta una caricia que le dice que la conoce en la luz del mundo de las manos. Lo oscuro deja ver las manos iluminando rostros con el tacto. Lo oscuro la cara desnuda, el re...

A r t é x t a s i s.

Me dice que dentro del tiempo de sus oídos compone canciones mentales. Que las escribe pentagramáticamente. Que la tinta del sonido que el lenguaje musical emana comienza  con movimiento armonioso el oleaje de las notas atrevidas. Que los siete colores danzantes del oleaje corpórea y simultáneamente la penetran en los cinco orificios sensitivos. Que la difuminan mientras se abre con el sabor lingüístico del azul-sol. Que, luego, toda su música sexual no aflora de su mente. Que se exilia y vuelve a ella. Y es la mente misma. Que su cuerpo todo, placentero se desvanece tras abrirse y estallar/tras volverse a cerrar en el pecho ceñido (que por fin cae y golpea metálicamente contra el suelo).

La longevidad en círculos.

Después de matarme corro a la cocina... Innumerables veces muero y me despojo. La muerte no conoce la memoria ni los tiempos. Muero entonces entre y sin segundos o el cuerpo anclado. Despojo de mi sexo y sus deseos dejo de saberme un animal. Despojo de los verbos y los nombres nada me atraviesa. Desde el no lenguaje alcanzo a vislumbrar hasta el más ínfimo detalle del mundo que la humanidad se olvidó de mencionar. En la muerte encuentro. No soy pero existo en todo. Y si muero primero como hoja crujiente en otoño, muero luego también como una hormiga incinerada bajo la lupa veraniega de algún niño asesino (que también es yo)... Después de matarme corro a la cocina porque me llaman a almorzar. ...El cadáver del pollo que adorna la mesa sin pudor fue mío también durante el pasado invierno congelado del criadero.