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Última carta que te escribo.





Temo no volver a escucharte.
Tengo sordo el espíritu y la piel en ceguera.


No sé si tenga fuerzas para aferrarme a tus tobillos otra vez.
No sé si quiera lamentar el que vuelvas a quemar mis manos con el frío de tus huesos.


Ya no tengo música en los papeles, ni letras para ahogar en la garganta.
Ya no lloran las uñas que me rasguñaban la espalda durante la noche.


Se me hizo tan asiduo el silencio.
Se me hizo tan fácil no escuchar los gritos de tus poemas desafinados.


Te suicidaste tan joven, no me quedó ni tu silueta a oscuras.
Te fuiste poetisa, antes de que pudiera danzar unas rimas en tus pupilas incoloras.


Esta es la última carta que te escribo para no verte riendo con mi desnudez.
Para volverme a enmudecer con lo poco que me dejaste de tu ingenio.


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Sola

  Me gusta una solera de los '90 que era de mamá o porque era de mamá Usarla en enero en enero cuando a la noche se pone fresquito y la tela no se me pega a la piel y se sienten como frescas las flores medio desprendidas del vestido medio idas al trago Hay un segundo aire en el roce del ruedo sobre los tobillos el estampado no se renueva y toda la vida es el mismo enero aplastado en la espalda sola que a veces parece diferente
Veíamos a Cobain destrozado y me daba los besos más sinceros en el suelo sin sombras que nos arrastraran los pensamientos. Llamábamos los sonidos y el olor a los sueños de triunfar con las tripas en una ciudad tal vez inventada, apretando los párpados, fuerte, aferrados al instinto. Desde el piso frío igual que a los 13 me elevaba la imaginación y la vida, sin importarme llegar al final deformada y con los párpados grisáceos y sola como empecé. Como si fuera parte del sueño también el meter la llave en la cerradura mojándome con la lengua el labio superior para no despertar a nadie o volver con los pelos revueltos sin un poquito de vergüenza porque nunca a nadie una boca le puso tan cerca de la nariz la incertidumbre, hasta el punto de poder oler el futuro en el propio aliento excitado.

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